jueves, enero 20, 2011

Una Historia de Nunca Acabar


Por Kelvin Morillo
Cientos de pensamientos atormentan mi mente cada vez que veo en la televisión o en cualquier otro medio masivo de comunicación el sufrimiento de miles inmigrantes quienes por no poseer documentación en regla son perseguidos ferozmente cual hambriento animal tras su presa. La vida de estos indocumentados se ha tornado en un verdadero torbellino cuya amenaza de cese no asoma, pese a los ingentes esfuerzos realizados por personas y organismos interesados en sobreponer el ser humano ante el frío y cortante sistema regulador del desplazamiento interno en los Estados Unidos. El valor de la familia y la persona parece no tener importancia o al menos carece de puntual relevancia dentro de este patrón.
Un día cualquiera, después de una larga jornada de trabajo y de escuchar tristes historias, y no es que sea especialista en la conducta, consejero ni nada por el estilo, enciendo mi televisor y sintonizo uno de los notieros locales de mayor audiencia en New York y me concentro en la historia que desarrolla el periodista. El, muy compungido, describe el caso de una inmigrante mexicana con 20 años residiendo aquí, con hijos y hasta nietos norteamericanos que sufre el peso de la ley y el castigo por haber ingresado de manera turbia a la tierra de las oportunidades, como ella le llama, en busca de mejores condiciones de vida para los suyos.
Carmen, la protagonista de la historia, relataba que laboró para una textilera o fábrica de ropa por espacio de 10 años y que por lo complicado que se ha puesto el área laboral fue despedida. Su jefe le explicó que no quería problemas, pues los escrutinios y sanciones para las empresas que contratan mano de obra ilegal se hacen más drásticas cada día. La inmigrante, que prácticamente ha hecho su vida en este país, sufre su desdicha porque aún no consigue empleo y teme que las puertas sigan cerrando. Por momentos ha pensado en regresar a su terruño, pero dice que de México sólo tiene bonitos recuerdos, pues jamás volvió una vez abandonó ese país de gente honesta y manos productoras; además de que su familia está aquí.
Ella con torrentes de lagrimas que se desplazaban cuesta abajo sobre sus escarpadas mejillas pedía clemencia ante las cámaras y suplicaba a las autoridades le ayudaran en su caso. Esta escena es un retrato fiel de los millones de indocumentados quienes cifran sus esperanzas en una reforma migratoria integral que permita su legalización.
Ella dice que su única salida es que se actúe pensando en la razón por la que han venido. Reafirma sumergida y enjugada de su propio llanto que no esta dañando a nadie y que no quiere separarse de sus hijos y nietos puesto que el dolor la mataría. -ciertamente esta señora me conmociono y su dolor recorrió todo mi cuerpo-
Sólo espero, al igual que Carmen, que Dios ilumine a las autoridades, siendo más específico este nuevo congreso para que logren ponerse de acuerdo y legislen a los fines de ver un nuevo amanecer que favorezca a los inmigrantes que están aportando de manera sostenida al desarrollo económico de este gran país y que sin lugar a dudas aún representa la esperanza de muchas familias humildes y de algunas mentes inquietas con deseos de alcanzar sueños, probablemente truncados en sus países de origen.
Y bien amigos, ya me despido, anhelando volverme a encontrar, en otras de mis andanzas, con historias de supervivencia y éxito personal, de manera que podamos seguir apreciando qué tan dulce y amarga podría ser la tan anhelada manzana.

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