“Nos vamos a morir, fue lo que imagine cuando nos encerraron en ese cuartucho pestilente. Era tan pequeño que con dificultad podíamos movernos. En ese lugar utilizado por aquella tripulación para depositar desechos y cuantas cosas le estorbaran viví los peores momentos de mi vida. De seguro que nunca los olvidaré. Es como si literalmente estuviéramos en cuenta regresiva. Fue horrible “.
“Los movimientos de la embarcación nos “emborrachaban“. Nunca antes sentí algo parecido. Pensé se me saldría todo, pues ya mi estómago no tenía nada para expulsar, todo indicio de alimento había desaparecido. Ese olor tan penetrante, el vaivén de las olas y la falta de ventilación nos hacían sentir que la vida se nos acabaría en un abrir y cerrar de ojos“.
Así comienza a relatar su historia “Calu”, joven ecuatoriano, que cruza el mar para llegar a los Estados Unidos a pelear por su espacio dentro de este país donde no tener documentos y abrazar una ilusión, es una lastimosa quimera que nunca despierta del letargo, salvo conmensurables excepciones.
Nos narra que decidió arriesgarse abordando un barco de carga porque la situación en su país no era la más alentadora, factor común en todas las historias de inmigrantes. Dice le hablaron de este medio para llegar, sabía era peligroso, pues conoció personas que murieron intentándolo. Sin embargo, cualquier esfuerzo “valía la pena” si al final lograba llegar a las “tierras del Norte”.
“Cuando tomé la decisión, mi familia se opuso. Mi madre no paraba de llorar, prefería pasar hambre que perder un hijo en esas condiciones tan inhumanas. Ella decía me lanzarían al mar para que comieran los tiburones, me dejarían morir de hambre y sed, en fin, dibujó en su santa cabeza todas las historias que conoció por la tele. No obstante- insisto- peor era vivir en pobreza extrema. No lo pensé dos veces y anduve”, comenta.
El domingo en la tarde, día que antecede su viaje se reúne con miembros de la familia y abastece de esenciales. Lleva galletas, dos galones de agua potable y algunos chocolates, pues cargar muchas reservas le podría hacer más visible para las autoridades a bordo.
La madrugada del lunes se encuentra con un amigo quien le acompañaría en la travesía. Cuando llegan al puerto, todo parecía muy tranquilo. Logran entrar al barco sin inconvenientes pues había un contacto dentro de la tripulación que manejaba el negocio y facilitaba los accesos.
Una vez allí debían mantenerse sin ser descubiertos.
Se escondieron en un cuarto al final de la embarcación.
Calu cuenta que en aquel cuchitril había tres personas más que compartían su misma ilusión. Se siente mejor, ya no estaría tan solo.
Ya en alta mar el peligro estaba constantemente al asecho. Durante los 10 días de travesía, se sintieron pescados en varias ocasiones. Los miembros de la tripulación hacían chequeos rutinarios, actividad que los mantenía en vilo y en estado permanente de agitación.
Cuenta que una noche, sintieron pasos que se dirigían al cuarto que ocupaban. Todos se escondieron.
Al abrir la puerta, una voz grave susurró que si no cerraban la boca los tirarian al mar. No pudieron advertir de quien se trataba, pues no disponían de ningún tipo de energía. La obscuridad era su acompañante permanente.
Lo cierto es que esta visita llenó de pavor a los infiltrados. Según Calu el resto del viaje se hizo más largo, les parecía interminable. El miedo les llegaba hasta los ‘’huesos’’ cada vez que sentían esos pasos fundirse con el sonar de las olas.
Cuando por fin llega a suelo Norte Americano, deja sentir su primer respiro de satisfacción y alegría. Sobrevivió esos días de desacierto y peligro.
En Miami, tierra firme, Calu no tiene donde ir. Sus compañeros de viaje toman su rumbo, lo abandonan a la suerte y sin saber qué hacer de ahora en adelante.
Nos comenta que durante días se mantuvo errante, malvivió.
“Gracias a algunas personas que vieron mi situación y me ayudaron con comida; algunas veces daban alojamiento. Pero muy especialmente agradezco al señor Alejo que sin conocerme bien me dio mi primer trabajo limpiando su jardín, dinero que valió para llegar hasta Queens donde tenía algunos relacionados”, dice el inmigrante.
En New York comienza a ver luz al final del túnel. Contacta conocidos quienes le acogen y consiguen trabajo como ‘’dishwasher’’ en un restaurante muy prestigioso de Downtown Manhattan. Lugar donde se le trataba peor que a un animal. Un perro tiene mayor dignidad alli. Dura realidad.
Al mismo tiempo trabajaba como ‘’waiter’’ en fiestas privadas. Aquí Conoció la verdadera cara del inmigrante indocumentado. Las ofensas y burlas eran acciones comunes en el ambiente. Durante cada jornada debía soportar no sólo la humillación de sus fejes y compañeros, sino también de comensales quienes se mofaban y externaban comentarios denigrantes hacia su persona y la comunidad hispanoparlante.
Dentro del torbellino que vivía, conoció a una chica hispana por referencia, pero norteamericana de nacimiento. Al parecer se sintieron atraídos mutuamente. Este encanto visual se extendió por prolongados meses y dio al traste con un matrimonio por lo civil.
Ella enamoradísima entendió que una forma física de expresar su amor era ‘’otorgándole’’ los documentos. Lograr que Calu pudiera hacer sus papeles y por fin residir legalmente en la Gran Urbe.
Se unieron en matrimonio un mes de enero.
Al cabo de dos meses, las cosas parecían no estar muy bien. La joven deseaba tener un hijo y Calu no estaba dando ‘’la talla’’ como hombre. Muchas fueron las noche que llena de pasión y las hormonas alborotadas se lanzaba sobre su ‘’semental’’ deseando que el macho que tanto ama le hiciera suya. Pero Calu siempre tenía una excusa para evadir.
El matrimonio se tornaba un verdadero ‘’infierno’’. Mientras ella con ‘’hambre’’, prácticamente le exigía sexo. El apelaba a todas las excusas, incluso alegó padecer de impotencia para justificar la ausencia de ‘’virilidad’ frente a la ‘’maquina ardiente’’ de su mujer.
Una de esas noches, debajo de las sábanas, la mujer apasionada, recorrió todo el cuerpo de su marido buscando erizar el cuerpo explorado. Sin embargo, para Calu no existía una situación más incómoda nada y desesperante.
‘’Para. Suficiente”, dijo Calu.
Mostrándose nervioso comentó que no aguantaba más. Pidió que le dejara en paz.
Esta brusca actitud de Calu acaloró la mujer quien abruptamente emprendió contra él una serie de improperios y acusaciones. Jamás el joven ecuatoriano había sentido tal carga de furia.
‘’Cálmate tenemos que hablar’’, dijo el ecuatoriano.
Ella, dolida por el rechazo, establece diatriba. Azoto todo objeto que bloqueaba su camino y amenazaba con advertir a las autoridades sobre la falsedad del matrimonio.
Calu asustado, lloró frente a ella y pidió no lo hiciera. Sin poder retener más, confesó.
‘’No puedo quererte. Quiero que me comprendas. Hice todo lo posible porque esto funcionara, pero mi cuerpo y mente están en otro lugar. Eres una mujer valiosa. No te quiero hacer daño. Sólo deseo, por el amor que dices tenerme, me ayudes a salir de esto. No puedo corresponderte como mereces porque soy casado’’, dice.
Esta confesión fue la gota que llenó el vaso. Esta sería la última vez que Calu discutiría sobre el particular.
Aunque la mujer no medió palabras. Se limitó a decir que: ‘’a partir de hoy eres pescado refrito. Lo juro y no descansaré hasta lograrlo’’
Calu no supo la carga de aquellas aquellas palabras. Nunca entendió cuál era su significado hasta aquel día que se vio en su cita con oficiales de migración.
Ese día, se levanta bien temprano para su compromiso. Llama a su ‘’esposa’’, pues vivían en casas separadas desde aquella última discusión. Pese a todo aquello deciden continuar todo el proceso.
Calu espera ansiosamente en el lugar acordado. Se encuentran y se dirigen a las oficinas cual pareja más feliz. No obstante, se percata que existe una actitud nunca advertida en ella. No repara y llegan al lugar.
Después de esperar por tres horas, un oficial llama a la pareja.
Como rutina en casos como éste, se pide intérprete, presentan documentos de vínculo y se jura decir la verdad.
Cuando el oficial inicia pesquisa, ella interrumpe diciendo que el matrimonio era un arreglo y fue obligada a mantener esa relación.
‘’Todo esto ha sido un negocio. El me obligó y amenazó mi familia si no lo hacía, pero no puedo mantener más esta mentira. Me siento en peligro y quiero que tomen acción contra este maldito’’.
Calu no daba crédito a lo que veía. Ahora entendía por qué ella quiso continuar.
Mientras Calu veía pasar toda su odisea en su mente, era retenido por las autoridades y trasladado a otro lugar donde se le explicaría cuál sería el procedimiento inmediato.
Ahora está en espera de la carta de deportación que le regresará a su país con las manos vacías, un corazón lleno de desesperanzas, dolor... y con un vacío que nunca pudo llenar.
Sólo espero que Calu olvide esta experiencia; que no sea más una sombra de su pasado. Que la capacidad de soñar no cese y su vuelta a casa genere el menor trauma posible.
Y bien, ya me despido, anhelando volverme a encontrar, en otras de mis andanzas, con historias de supervivencia y éxito personal, de manera que podamos seguir apreciando qué tan dulce y amarga podría ser la tan anhelada manzana.
Foto cortesia de traveladventures.org