Por: Kelvin MorilloHola amigos y amigas
Vivir en un lugar desconocido cuyo marco referencial no es más que la televisión, revistas o información de terceros es bastante difícil. El hecho de estar lejos de su país, su gente…es agónico y más aun cuando se encara una sociedad altamente permisiva que, amparada en las libertades civiles, genera exagerados niveles de desenfreno personal y colectivo. Un sistema que otorga derechos, malinterpretados por algunos, cuya confusión real o maliciosa se expresa en atropellos hacia sectores como el de los inmigrantes.
Un ejemplo que dibuja lo antes mencionado es la serie de engaños a que son sometidos, en materia laboral. Empleadores abusivos y degenerados que contratan inmigrantes para someterlos a maltratos y atropellos que vulneran la dignidad humana y los convierten en especies de lacayos, vasallos o más modernamente individuos tiranizados.
Aquí existe variedad inmensa de actividades pecuniarias. A todo se le saca dinero. Lo que menos se imagine es una fuente de ingreso, sin importar a quien se afecte. Cualquier medio es utilizado. Bien se aplica la máxima: “El fin justifica los Medios”.
José es un joven humilde de 35 años, procedente de México, hermoso país que me gustaría visitar en cuanto tenga un tiempecito disponible.
Como muchos de su país y otros tantos lugares, llega a Estados Unidos persiguiendo una oportunidad. Para José las cosas no han sido fáciles. Expuso su vida al atravesar la frontera de manera ilegal.-Y es que no tenía alternativas-comentó.
Dejó en su país natal una bebé de 5 años que la define como “toda su vida” y a una devota esposa que prometió serle fiel y esperar por su regreso el tiempo necesario. No pretende permanecer en el país de los “gringos”, solo desea producir dinero para mantener su familia y darle un techo decente. Entonces regresará para cumplir con su compromiso de padre y cónyuge.
El “journey” de José ha sido duro. El simple hecho de sobrevivir las adversas condiciones de su travesía le otorga un valor muy especial. Porque vea amigo, usted no se imagina lo difícil que es eso. Según expresa hay muchas personas que mueren en el intento. Perecen por inanición, sed, insolación; otros son asesinados, violados, asaltados... Este trayecto es altamente riesgoso. Quienes realizan el viaje, sortean su vida, literalmente.
Narra que los días son interminables. Que pareciera están en una carrera con la muerte. Constantemente tienen el “corazón en la boca” por los peligros que asechan. Están desamparados. Las personas que arman el viaje, llamados coyotes, les cobran el gran billete y les abandonan a la suerte en las áridas zonas del desierto de Sonora, uno de los accesos terrestres hacia Estados Unidos. Hay muchos que no conocen el área y son presas fáciles de desaprensivos y del sistema de vigilancia fronterizo.
Cuando llega a EEUU pernocta en Arizona por espacio de 7 días. Luego toma carretera hasta la ciudad de New York donde le dicen hay mucho trabajo y facilidad de vivienda. Para él fue fácil conseguir alberge porque tiene un amigo en Brooklyn que le permitió dormir en el sofá de la casa. Ya con esto resolvía provisionalmente alojamiento y le proveía cierta sensación de seguridad.
Tampoco lograr empleo fue complicado. Desde que llegó a NY, su amigo le tenía trabajo como albañil en una construcción, cosa que nunca hizo en su país. En México, era de clase pobre, pero con un título profesional. Se desempeñaba como masajista, acreditado en un centro rural para masajes.
“Al menos tengo trabajo. Eso sí…es durísimo! Nunca en mi vida había puesto la mano a esto. Pero tengo una deuda con mi familia. Ellos cuentan conmigo y no les puedo fallar” dijo.
Al cabo de dos años José se sentía desilusionado, pues no conseguía empleo en su área. Muchas veces pensó volver, pero la meta era tan intensa que no podía flaquear. Hay una niña que es su futuro y una esposa su presente.
Mientras ejerce como albañil, continúa su búsqueda en restaurantes, hospitales, centros de atención para adultos, oficinas. Siempre con la aspiración de conseguir un empleo más cómodo y que garantizara mejor salario.
Cansado de tratar, se encuentra con un amigo y le habla de sus esfuerzos. El conocido le recomienda hacer una búsqueda por Internet; le menciona algunas páginas en las cuales aparecen ofertas, incluso para personas sin papeles. Sonríe y se dirige a un centro de Internet que estaba a la vuelta.
Cuando accesa se le ilumina el rostro, pues aprecia la inmensidad de oportunidades y la variedad de opciones que ofrece el mercado. Detiene el cursor sobre una publicidad que dice: “Busco masajista…muy buena paga”. “Este es el mío”, dice. Inmediatamente aplicó sin saber lo que se avecinaba.
Una mañana recibe llamada. Era justo la que esperaba. El empleador le cita para el tan esperado empleo que le cambiaría la vida. Inmediatamente se comunica con su esposa y emocionado le comenta la buena nueva.
José esa noche no concilió el sueño esperando la luz del alba para asistir a esa entrevista, pues ya dejará de ser albañil para ejercer lo que realmente le gusta hacer.
Siendo las ocho de la mañana de ese día, se dirige ansioso a su compromiso. Al llegar al lugar, lo primero que percibe son unas bellas jóvenes orientales y unos muchachos bien parecidos; todos haciendo turno. También destaca que el ambiente está poco adecuado para un centro de masajes, más bien parece un almacén. Tenía muy poca estética. Sin embargo, resta importancia a estos indicadores.
Comenta que los clientes se ven muy satisfechos. Parece ser los empleados hacen muy bien su trabajo. Mientras espera, toma una revista que descansaba sobre una mesita de hierro con tope en cristal sobre la que también había una serie de ejemplares casi pornográficos.
Al momento de disponerse a leer, para “matar el tiempo”, oye a alguien mencionar su nombre. Levanta su cabeza. Era el dueño el negocio que le requería; un hombre alto, de tez blanca como en sus cincuentas, quizá. Aquel señor era de muy mal aspecto. Según José, parecía cualquier cosa, menos un empleador.
“Usted es José?” Pregunta.
“Sí, lo soy”. Responde.
Le invita a pasar a su oficina. Después de dar la bienvenida de rutina le dice que la experiencia importa muy poco porque cada cliente pide lo que quiere, es decir que el tipo de trabajo el cliente lo determina.
Le pregunta además por sus documentos. José responde que no tiene, pensaba no los necesitaba. El empleador dice no importar y termina el tema sin mayores detalles.
“Aquí somos muy especiales. El cliente es lo primero y acostumbramos a complacerle en todo. Lo que deseen, lo hacemos. Cumplimos todos sus sueños. Debes estar dispuesto a esto. Todos nuestros masajes tiene “final feliz”, afirma el propietario.
“Sí, lo se. Soy muy buen masajista y le garantizo que no habrá problemas. Soy excelente en mi trabajo. Eso se lo aseguro. No se arrepentirá de haberme contratado”, ratifica José.
Se marcha del negocio después de haber acordado tarifa, horario y todo lo relacionado. No obstante, mantiene la inquietud del por qué el señor insistió en lo del “final feliz”. “Que significa eso?” pensó. Sin embargo, prefiere no aclarar el punto.
Esto ocurrió un martes en la mañana.
Siendo miércoles en la tarde, José llega a su trabajo a tiempo. Eran las 6 cuando en cabina, su primer cliente se desviste por completo, mostrando sus bondades.
“No es necesario señor”, dice.
“Así lo quiero. O quizá deseas que hable con tu jefe?”, responde.
Sin comentarios, empieza su rutina. Al cabo de unos minutos se percata que el cliente parece estar medio “contento y emocionado”. Obvia el momento y continúa su trabajo. Minutos después siente le tocan las piernas.
“Qué pasa aquí?”, dice José. Molesto por la situación le pide al cliente se levante y retire. Se niega a prolongar el vergonzoso episodio.
El jefe al parecer escucha la discusión y se apersona. “Que ocurre?” Pregunta.
José le explica que el cliente le esta irrespetando. Inmediatamente le platica en detalles.
El propietario le invita a su oficina y le dice:”Ayer durante la entrevista te expliqué cómo son las cosas. Me dijiste que entendiste y estuviste de acuerdo. Recuerdo haberte dicho que el cliente era lo más importante. Hacemos lo que ellos quieran. También te advertí que nuestros masajes terminan felices. A caso no entendiste eso?”’.
”Sí, pero pensé se trataba de simplemente ofrecer un buen masaje. Nada mas”, expresó.
“Pues no”, responde cortantemente el jefe. “Debes hacer lo que el cliente desee. Aquí está el contrato que firmaste. Así que levántate y ve a hacer tu trabajo”.
Trieste y confundido, dice no continuará. Inmediatamente renunció. Cabizbajo deja caer unas lágrimas de sus ojos, pues lo que pensaba sería su mejor empleo se le iba de las manos.
Un fuerte ruido se escuchó. Furioso el empleador se levanta de su silla y toma a José por el cuello. “No te puedes ir”, dijo.
Lleno de ira amenazó con llamar a migración si abandona el trabajo. “Todos ustedes son una mierda y se creen se van a salir con la suya. A caso no sabes te tengo en mis manos”.
Por segunda ocasión le invita a volver al trabajo.
Sorprendido y entre llanto, José decide volver a su cabina. No quería problemas. La promesa hecha a su familia la cumpliría cueste lo que cueste.
De vuelta a su área, el cliente aún se encuentra en la camilla. Reincorporado, continúa el oficio. El cliente sigue cumpliendo sus fantasías y comenta quiere le “lleven a la luna”, mientras acariciaba su cuerpo desprovisto. José se muerde los labios y trata de contener su torrente de lágrimas.
Transcurridas ya 9 horas y después de atender 7 usuarios, se marcha a la casa con una tristeza indescriptible.
Cuado llega a su refugio, se dirige a la ducha y toma un prolongado baño para intentar calmarse. Luego se acuesta, bañado en lágrimas, en aquel sofá que conocía todos sus secretos. No deja de llorar por la realidad que le tocó vivir.
No concilia el sueño. Pensar en la situación le desvela.
Es de mañana y José no se levanta. De hecho, no quiere las horas avancen. Esto le ocurre cada día. Cada tarde es como una pesadilla de la que quiere despertar.
Tiene ya 8 meses atrapado en pieles de New York. Conoce cada centímetro y cuan sensibles son al tacto. Tristemente ha visto el tiempo pasar dentro de un medio que le ha creado un vacío y una herida que no cicatriza.
Según dice, lo único positivo es que su familia esta feliz. La bebe crece saludable y su esposa sigue aguardando por él, sin imaginar cuál ha sido su real destino.
Sólo espero amigos que este joven algún día pueda liberarse de este “infierno” que experimenta al igual que otros tantos inmigrantes. Que este episodio sea solo un capítulo más de su retrato biográfico. Que esta amarga experiencia no empañe su felicidad ni derrote sus aspiraciones para con su familia.
Y bien, ya me despido, anhelando volverme a encontrar, en otras de mis andanzas, con historias de supervivencia y éxito personal, de manera que podamos seguir apreciando qué tan dulce y amarga podría ser la tan anhelada manzana.
